La investigación de Sócrates tiene como meta la definición de las virtudes. Se está así señalando algo específicamente socrático, la virtud es una especie de saber. Durante todos los tiempos, el sentido común ha creído, que se hace el mal, a pesar de saber en qué consiste el bien. Incluso cuando la decisión sólo lo afecta directamente al agente mismo (como el caso de las adicciones, por ejemplo, donde la voluntad no asiste al individuo para alcanzar el bien). Para Sócrates esto es un absurdo. El hombre siempre desea y escoge lo que considera mejor. No hay malvados, sólo ignorantes. Encontrar el sentido a una afirmación, aparentemente paradójica como ésta, no es, en efecto, nada fácil. Aristóteles en sus libros de ética, al mirar por sobre el hombro las tesis de Sócrates, las considera exageradamente intelectualistas y las critica. Veamos qué nos dice Werner Jaeger, sobre el particular: “El conocimiento del bien, que Sócrates descubre en la base de todas y cada una de las llamadas virtudes humanas, no es una operación de la inteligencia, sino que es, como Platón comprendió certeramente, la expresión consciente de un ser interior del hombre. Tiene su raíz en una capa profunda del alma, de la que ya no pueden separarse, pues son esencialmente uno y lo mismo, la penetración del conocimiento y la posesión de lo conocido.”[183] Se puede pensar en refutar esta tesis, trayendo la experiencia de multitud de casos en los que saber qué es el bien, y actuar de acuerdo al mismo, no coinciden. Casi cada hombre podría aportar una refutación de este tipo; aunque en principio basta un solo caso para refutar la tesis (según nos enseña la lógica). Para Sócrates, en cambio, esto sólo demuestra que la sabiduría es escasa. Esta tesis está en perfecta concordancia con su crítica al saber, que antes tratamos, cuando predica su magisterio de ignorancia. El mismo no se jacta de poseer esa sabiduría, pero no duda ni por un momento que exista. “La existencia de este saber es para Sócrates una verdad de firmeza incondicional, pues se demuestra como base de todo pensamiento y de toda conducta éticos tan pronto como indagamos las premisas de estos.” [184]
La comparación de Sócrates con un médico se puede extender mucho. No cabe duda de que conocía la medicina de su época, y con cierta profundidad. Las discusiones que tiene sobre el universo parten, a menudo, de la disposición de los órganos humanos y entonces demuestra conocimientos anatómicos algo refinados. Pero es sobre todo, un médico del alma: lo que él procura es, ante todo, el bienestar espiritual de sus amigos.
"El fin es vivir conforme a la naturaleza, quiere decir vivir según la virtud, puesto que la naturaleza nos conduce a ella." Zenón de Citio (334 - 262 AC)
Sócrates llama sophrosyne, en primer lugar, al conocimiento de sí mismo. En ese término se encuentran reunidos la salud moral y la perspicacia intelectual. Pero además, la sophrosyne significa también el dominio de sí mismo; la fuerza de voluntad que se impone sobre los apetitos sexuales y la gula. De esta manera se identifica un tanto con la templanza. No hay palabra en castellano que abarque y unifique estos aspectos, por lo que debemos usar el griego antiguo inevitablemente. Analicemos por separado estos elementos.
Tanto Platón como Jenofonte muestran a Sócrates fuertemente atraído por los bellos jóvenes, aquellos que estaban precisamente en la flor de su edad (cerca de los veinte años) cuando llegaban a la madurez intelectual, moral y jurídica. De ambas fuentes emerge la imagen de un hombre de temperamento apasionado y “erótico”, y constantemente enamorado de sus discípulos. Persigue con insistencia sin parangón a cualquier muchacho del que siente deseos, hasta hacerlo uno de sus acompañantes habituales. Pero él mismo explica su impulso hacia ellos en términos como conversar con adolescentes serios e inteligentes, hacerlos cuestionarse las virtudes y los bienes de la vida humana, y hacer aflorar en sus mentes lo mejor de sus personalidades. Está enamorado, sí, pero no de sus cuerpos, sino de sus almas.
Era opinión corriente de sus discípulos, que la filosofía de su maestro no podía separarse de su persona. Este sabio atrajo sobre sí la atención de los jóvenes e intelectuales más distinguidos de Atenas, y se aseguró en muchos casos afecto y apoyo apasionados. Su efectividad como filósofo y gran parte de la leyenda socrática, se deben tanto a su interesante y fuerte personalidad, como a la brillantez de su mente. Sócrates, más que ningún otro hombre, merece que se le comprenda en su vida cotidiana, en su actuar común. Pues este hombre filosofaba con sus amigos a todas horas, y su método, así como los temas, estaban estrechamente unidos a la vida que lo rodeaba. “El motivo del diálogo socrático es la voluntad de llegar con otros hombres a una inteligencia que todos deben acatar acerca del tema que encierra para todos un interés infinito: el de los valores supremos de la vida.”[165] Esto es correcto, pero de seguro también discutían las novedades políticas y sociales, precisamente donde aquellos valores cobraban un sentido directo. Sócrates se encontraba tan preocupado por el hombre en abstracto, como por el que frente a sí se encontraba. Sólo así podría explicarse su inclinación por la medicina, y todo lo que esto implica en el trato con sus amigos. Si esto se pierde de vista es muy difícil entenderlo en su realidad viva, pues queda entonces reducido a un espectro, a un ideal inalcanzable, o una abstracción hipostasiada.